No sirven las fronteras cuando te mueres de hambre, por Lola Vílchez

El 18 de diciembre se conmemora el Día Internacional del Migrante. La migración se ha convertido en un verdadero problema que no solo desborda a los países o determinadas regiones de los mismos, sino a continentes enteros. Mirar hacia otro lado porque este asunto no te afecta, como ha pasado con algunos países de la Unión Europea que no sufrían la presión migratoria como España, Italia o la propia Francia, no sirve de nada. Al final, la globalización de la miseria también se está encargando de que los llamados territorios ricos deban implicarse con más energías y recursos en evitar los desastres humanitarios que se están produciendo a día de hoy en todo el mundo.

Hay una cuestión que sobresale sobre lo demás: no hay frontera que no pueda cruzar cuando miles o millones de personas viven en sus carnes guerras en su territorio, desastres naturales o una crisis económicas que provocan extrema pobreza. El hambre es el mayor responsable de las revoluciones, porque cuando no se tiene nada, ya no hay nada que perder. El hambre mueve montañas.

Un informe de Naciones Unidas afirmaba que en 2020, había unos 281 millones migrantes internacionales, lo que corresponde al 3,6% de la población mundial. Todos estos datos nos advierten de que no podemos seguir por el camino de la insolidaridad, de intentar proteger lo nuestro sin tener en cuenta que el vecino de enfrente se nos muere.

Hay ejemplos muy claros que nos están abriendo los ojos, aunque eso sí, de una forma demasiado lenta. La pandemia provocada por la Covid 19 nos está poniendo a prueba. Y el examen es muy cruel: si lo suspendemos, seguiremos sucumbiendo al coronavirus. Mientras el mundo desarrollado, el que cuenta con los recursos económicos, y por tanto con la tecnología y los mejores científicos e investigación, protegían a su población con las vacunas en menos de un año; todo un récord, en el llamado tercer mundo, apenas llegan las vacunas. Resultado: nuevas variantes o cepas que se producen en países subdesarrollados que, por su puesto, llegan a Occidente, donde ya nos vemos inmersos en una sexta ola. O se vacuna a todo el mundo o no venceremos al virus.

Algo parecido pasa con la migración. O abordamos el problema de forma conjunta o no terminaremos en solucionarlos y siempre tendremos la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Toda persona, independientemente del territorio donde haya nacido, tiene el derecho a tener una vida digna.

Ya sé que vivimos en una sociedad donde la doble moral predomina sobre valores éticos y de justicia. Sé que hay grupos, los de extrema derecha, que ven en la migración un enemigo, nunca una oportunidad, nunca solidaridad. Y sé que no se pueden pedir peras al olmo. Pero si no reaccionamos con decisiones conjuntas, nunca podremos impedir que sigan produciéndose en el mundo dramas como cada día vemos en los medios de comunicación. Menos hipocresía y menos mirarse el ombligo.

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